La empresa inteligente
La creación de valor económico es una función de la competitividad.
La competitividad está dada por la productividad y la diferenciación.
La búsqueda de la productividad es función de las habilidades para desarrollar y optimizar procesos y actividades en la cadena de valor.
La búsqueda de la diferenciación está en lograr una postura frente al contexto que funcione como un efecto tracción para el portafolio de negocios de la empresa.
Las habilidades y la postura se logran a partir de contar con un modelo inteligente de empresa que permita un rápido recorrido bidireccional entre las ideas, los planes y la acción.
Es decir, entre la ESTRATEGIA, EL PLANEAMIENTO Y LA OPERACIÓN.
Ese modelo inteligente no debe estar sostenido por la uniformidad que propone cada industria, sino que debe centrarse en los individuos y en los roles que cumplen, para lo cuál será necesario integrar diferentes capacidades: La de interpretar, la de imaginar, la de innovar, la de hacer y la de re-pensar.
Para esto, la inteligencia, el talento, la prodigiosidad, la experiencia y la creatividad deben formar parte de los encuentros de reflexión.
Una empresa no requiere sólo de la inteligencia lógico matemática. Los conflictos que afronta no pueden ser abordados sólo desde ese lugar.
Deben convivir diferentes inteligencias: La lingüística para el discurso creativo, la interpersonal para el liderazgo y el alineamiento, la intrapersonal para la autoevaluación, la espacial para entender los mapas del negocio, la cinético corporal para la flexibilidad y la musical para el desarrollo de los sentidos y la sensibilidad.
Las empresas no son un modelo, sino una integración de capacidades.