• Inicio
  • Consultoría
    • Proyecto
      • Visión
      • Misión
    • Propuesta
      • Enfoque
      • Método
      • Alcance
    • Razones
      • CV
      • Staff
      • Experiencia
      • Porque Nosotros
  • Portafolio
  • Publicaciones
  • Blog
  • Contacto

Hablemos de Chile… y la política. Un país no es una empresa.

El advenimiento de empresarios “exitosos” a la vida política de los países, especialmente en América Latina, surge de la propia voracidad de quienes viven de la generación de riqueza, y de la supuesta inoperancia de la clase política para hacer frente al rol de administrador. La clase dirigente ó la clase política? Esa es la cuestión…

La competitividad de las naciones es un título obvio para representar esta realidad dónde la globalización exige de parte de las empresas un soporte país que le ayude al posicionamiento en el concierto internacional. Marca país, misión país y otros conceptos que en el pasado eran exclusivos del ámbito de los negocios, se han traspasado a la política y a la conducción de los países. Pero no todas son coincidencias entre país y empresa, especialmente porque no siempre los objetivos son compartidos.

¿Política ó gestión?

Las últimas décadas, tal vez por el desgaste de la imagen pública de los políticos, se hace fuerte el supuesto que un país debe ser administrado…
Y no es incorrecto el concepto si mantenemos el nivel de la administración en un plano de ejecución de la política, porque no podemos prescindir de la política.

Es que la política es el ámbito de las ideas, sostenida por valores que impulsan las decisiones que tienen que ver con el rumbo de un país, tal como sucede en las empresas. Y es a partir de la política que la administración surge como el orden necesario para llevar la política a la acción.
Hasta aquí, no hay duda que la conducción de un país, es similar a la conducción de una empresa. 
Porque frente a diferentes ideas, patologías de los participantes en las grandes decisiones, la decisión estratégica representada por la misión es la esencia de un país ó de una empresa.

Cuando nos preguntamos: Qué necesidades vamos a servir? Cuál es nuestro mercado objetivo? Adónde está el área geográfica de nuestros negocios? Cuál es la competencia esencial ó la habilidad distintiva que se transforman en ventajas diferenciales?, estamos abordando cuestiones que son comunes en un país ó en una empresa en su nivel estratégico, en la alta política.

Pero no todo es compatible. Hay diferencias insalvables y estas se manifiestan en la definición de objetivos.
La empresa tiene como objetivo superior la Creación de Valor Económico, un país tiene como objetivo superior el bienestar general de sus habitantes.
Y aunque parezcan compatibles, son fines diferentes.

Son las mismas diferencias que envuelven al crecimiento versus el desarrollo. La distancia que existe entre la rentabilidad y la creación de valor económico, es la misma que existe entre crecer y desarrollarse.
La rentabilidad es uno de los objetivos a alcanzar para Crear Valor Económico, junto con la presencia competitiva, eficiencia operativa y estabilidad. Pero muchas veces sucede que es necesario sacrificar la rentabilidad en la búsqueda de la riqueza genuina. A veces es necesario invertir ó hasta perder para poder ganar…
Lo mismo en un país, dónde el crecimiento es parte del desarrollo, junto con la seguridad jurídica, y la lucha frente a la desigualdad, lo que lleva a la calidad de vida en términos de bienestar, salud, educación y valores compartidos, la mezcla óptima para un país inteligente.

Se han escuchado muchas frases como: “…no parar el crecimiento para disminuir la desigualdad…” ó “…duplicar la inversión en educación.” (Una promesa política que no se cumple).
El crecimiento de un país, como la rentabilidad de una empresa, pasa a segundo plano en el momento en que la desigualdad se transforma en un obstáculo para el desarrollo, especialmente en términos de educación como potencial para optimizar el desempeño tecnológico.

Y tampoco es feliz pensar en duplicar la inversión en educación si se mantienen las diferencias y las distancias socio-culturales, porque ese mayor presupuesto educativo no llegaría a todos los niveles si existen diferencias insalvables que atenten contra la necesaria movilidad social.

La desigualdad no es económica, es socio cultural. En ese plano, el político de raza tiene algunas ventajas de interpretación frente a la realidad del empresario, quién por lo general está acostumbrado a revisar siempre la última línea de los estados financieros.

Otro lenguaje

El lenguaje de los políticos es un lenguaje flojo, amplio, ambiguo, apto para convivir con la diversidad de un mundo complejo, al que no debe abordarse con rigidez ni con caprichos “voluntaristas”. 
El lenguaje político está sostenido desde los valores, desde las creencias y desde las ideas, porque no hay un fin de las ideologías como algunos pseudos políticos afirmaban en los noventa.

El lenguaje de los políticos está sustentado en la empatía, depende de la gente y sus necesidades, algo que podría ser compatible con el lenguaje de un empresario moderno cuya empatía es clave para ponerse en el lugar de los clientes.
Pero el pueblo no es un típico cliente. Su satisfacción es directamente proporcional a la felicidad colectiva, más allá de la individual. Y no es un cliente al que hay que medirle la rentabilidad ó trabajar la post compra, salvo en los actos eleccionarios.

El pueblo generalmente debe recibir siempre más de lo que da, y por ende tiene autoridad por sobre los políticos, que muchas veces confunden su posición con la jerarquía, algo que tampoco deberían olvidar los empresarios, acostumbrados a la jerarquía y a la autoridad. 

En este punto, aparece la doble sensación de alcanzar el poder y ser el blanco de las críticas por el uso de ese poder. 
Un ejercicio al que los políticos lo enfrentan con una armadura, a veces exageradamente dura, pero que los empresarios menos tolerantes no son capaces de resistir.
Porque es diferente el poder sobre la cosa pública, que es de todos, frente a la cosa privada, con la que se puede hacer a voluntad.

Los delirios del mariscal

Los empresarios exitosos buscan descargar adrenalina en nuevas situaciones. Desde deportes extremos hasta probar su reconocimiento público intentando incursionar en el campo de la política. Pero generalmente, aquellos hombres de empresa infalibles a la hora de decidir sobre mercados, negocios, e inversiones, sufren duros contratiempos en otros ámbitos adonde simplemente se transforman en uno más en la multitud.
Tal vez por el marco cultural, por sus costumbres y conductas guiadas por la voracidad y delirios de poder y grandeza suponen que todo es posible, pero la realidad muestra que no es así.

Aún comprando voluntades, el acceso al poder de empresarios en esta parte del mundo no fue del todo satisfactoria, desde Fujimori pasando por Collor de Mello ó los intentos fallidos de Mauricio Macri en La Argentina por querer parecer uno más en la población, cuando todos saben que no lo es.
Y más allá de haber alcanzado el poder, siempre se plantea la desconfianza en el impulso voraz que conlleva a sospechas de corrupción, que en los casos de Fujimori y Collor quedaron expuestos. 

Pero estos delirios no son exclusivos de empresarios con intenciones políticas, son también los políticos los que se desviven por su voracidad a la hora de los votos, para alcanzar el poder que cubra en muchos casos el fracaso por inoperancia en su paso por la actividad privada.

Es que así como el empresario busca la política, el político que hace politiquería ( no el de raza) transforma su apostolado en una profesión que en algunos casos se ha transformado en un negocio altamente rentable y atractivo. Hacer política.

Un poco de uno, un poco de otro…

Pero como vivimos un mundo de grises, dónde nada es blanco ó negro, es imprescindible pensar en una fusión político-empresaria.
Tanto políticos como empresarios se unen en negocios, en pubs, en café con piernas, y hasta en el golf, dónde hasta se mienten handicaps, pero la clave es que exista una unión dónde, a partir de intereses superiores compartidos, puedan convivir.

Queda claro que un país necesita una convergencia de criterios, y para esto tanto el empresario advenedizo en la política, como el político que quiere vivir de su profesión política, serán útiles en el poder que sólo si piensan en la gente, desde la gente. 
Porque no se necesita ser un simple intermediario entre ricos y pobres, para hacer guiños a unos facilitando negocios y a otros distribuyendo pobreza. Se necesita un integrador social, algo que se logra a partir de la coherencia cultural y la congruencia funcional que permite a una sociedad caminar por un sendero común.

Será entonces el momento de abandonar la idea de un empresario ó de un político para construir un estadista.
En definitiva, aquel que esté convencido que un país debe crear valor para la sociedad, la misma que por su bienestar pueda en el futuro pagar impuesto por la felicidad y hacer ricas las arcas del tesoro…

Inicio | Consultoría | Portafolio | Publicaciones | Blog | Contacto
Ultimas busquedas: guillermo bilancio, marketing, consultora, consultoria, estrategia, empresa, empresas, estrategias, negocio, negocios, argentina, chile, peru, desarrollo, ideas, estrategia negocios, consultoria marketing, consultoria en marketing, consultoria en innovacion, desarrollo empresario, estrategia empresaria, consultora en marketing, consultora marketing, valor
Diseño web optimizacion y posicionamiento web http://www.proweb.com.ar

Copyright © 2012 Guillermo Bilancio