Chilenos al diván
Por qué somos como somos? Somos tan diferentes ó nos hacemos los diferentes respecto de nuestros vecinos latinoamericanos? No cabe duda que vivimos en una terapia permanente, por nuestros complejos, nuestros traumas. Las trancas de los chilenos. Es sólo una cuestión de actitud? Veamos los temas que nos reflejan la inestabilidad del espíritu como personas, como grupo y como organización social, es decir, como país.
Un país que para despegar, tiene que entender desde dónde parte. Veámonos al espejo.
La pasión ó la razón?
La escena perfecta imaginada por Jorge Amado: Doña Flor baja por el Pelourinho en el corazón de Bahía, del brazo de su marido farmacéutico en un lado, y con la mirada perdida por ese Vadinho imaginario que está del otro lado.
Doña Flor siempre buscó la emoción de Vadinho, que lo hizo inolvidable y eterno. Pero Vadinho era tan pasional como inestable, y Doña Flor también buscaba seguridad para su vida, la que encontró con aquel farmacéutico prolijo, ordenado, austero, serio y aburrido.
Doña Flor y sus dos maridos, el mundo ideal para que convivan la emoción y la razón, tan real para la vida de las personas como de los países.
Si hacemos una analogía dónde Doña Flor representa a las instituciones y organismos financieros internacionales, Chile es el farmacéutico cuya prolijidad y orden promueven seguridad y confianza, en una relación dónde la razón es lo normal, y todos sabemos también que la mediocridad es lo normal.
En un mundo de rupturas, de cambio de reglas propuesta por aquellos que provocan los cambios y construyen el futuro, ser el farmacéutico no alcanza.
Porque esos organismos también se ven seducidos por la locura de los Vadinho, locura sostenida por valores que pasan por la pasión y la emoción, más que por la razón, que inevitablemente viene después. Emoción y pasión para aprender de la prueba y del error, único camino para explorar y descubrir nuevos caminos para el desarrollo sostenible.
El farmacéutico no puede ni podrá ser Vadinho, nunca. Por historia, por valores, por estilo, pero puede comenzar a probar dormir sin pijama, animarse a hacer el amor con una luz encendida, evitar pensar que todo lo que va a suceder está previsto.
En este punto, los chilenos podemos avanzar sin temor a perder la razón por poner pasión.
Acostumbrarnos a que no todo es previsible y que hay un juego que jugar, dónde en la mayoría de los casos, no podemos medir las consecuencias sin antes intentar.
E intentar implica no tener miedo al error, ni miedo a ser distinto, ni esconderse en lugar de destacarse.
Se puede ganar mucho más que lo que podemos perder, pero para esto debemos trabajar nuestras trabas mentales, que no son otra cosa que una herencia cultural de la que se pueden rescatar algunos valores, pero que inevitablemente debemos botar otros.
Ahí van algunos puntos para reflexionar y trabajar.
Cuando la autoridad le cierra el paso al liderazgo
Orden y normas ante todo. Como todo país andino, la autoridad manda. Como si la rigidez fuese la solución en un mundo ambiguo. Nada más contradictorio. Será que nos estamos poniendo viejos autoritarios?
Cómo funciona un modelo basado en la autoridad cuando el mundo está sostenido por quienes tienen el liderazgo intelectual?
Si definimos al liderazgo como la capacidad de guiar hacia lo no explorado, no cabe duda que Chile, por trancas, temores e inseguridad, no plantea un modelo de liderazgo.
Esto se ve en las aulas, se percibe en las empresas, hasta a veces en las relaciones matrimoniales, dónde el profesor manda, el gerente manda, el marido manda.
Pero ese profesor es criticado fuera del aula por esos mismos alumnos que por temor no se atreven a descubrir más preguntando más. El gerente es boicoteado por sus subordinados casualmente porque su voracidad por mantener su puesto le hace desechar ideas, ó lo que es peor, robarlas de sus colaboradores. Y el marido…cree que manda, algo que su mujer explica en soledad a alguien que la escuche y le brinde refuerzo positivo.
Aceptar el concepto de liderazgo por sobre el de autoridad, no es perder el respeto, es ganar espacio para aprovechar la diversidad genética, especialmente de los jóvenes, cuya capacidad de exploración, curiosidad y osadía, permitirán acercarnos a la novedad.
El Chile de la autoridad es un Chile feudal, que atemoriza y no permite que la rebel
día natural de la innovación supere a un conservadorismo que cuida la vieja riqueza, la del cobre, la agraria, la del circuito financiero que simplemente ayuda a fortalecer el dato de ser el país de América Latina con peor distribución de la riqueza, tal como lo afirman los últimos informes del Banco Mundial.
Tenemos que aceptar el liderazgo intelectual, promover la necesidad de investigar, descubrir y utilizar los grados de libertad de quienes están más cerca de lo nuevo.
El sí es no, y el no es sí
No sabemos decir no. Y eso nos torna ambiguos y genera inseguridad en nuestros interlocutores acostumbrados a relaciones directas y a justificaciones claras.
No todas las situaciones de la vida son las deseadas, pero equivocamos nuestro comportamiento si creemos que quedar bien es montar una escena con espejos de colores.
Esto es clave en las relaciones interpersonales y las frases que mejor manifiestan esta hipocresía del no son: “te llamo luego”, “no me molesta que me sigas llamando”, “tu desempeño es bueno, pero estamos en reducción de gastos”, “seguramente nos vamos a ver en los próximos días”.
Esto que suponemos una palabra ó frase alentadora es lo más desalentador en una relación, en la vida de los negocios, en la imagen país.
Hablemos de este problema en la negociación. La especulación es la esencia de los procesos de negociación entre chilenos. No mostrar interés ni emoción es la clave del éxito. Y nada más alejado de la realidad.
“No muestres interés, no lo llames porque de lo contrario va a creérsela”. Y a partir de allí el cortocircuito.
Nada mejor que mostrar interés.
Imaginemos chilenos diciendo: “mujer, cada día te ves mejor..”, “Luis, estoy muy interesado en hacer este negocio contigo, luego vemos las condiciones”, “Paula, tengo ganas de verte”, “Patricio, tu bajo rendimiento no nos permite tenernos entre nosotros”, “No vale la pena que me llames”.
Así de directo, así de sincero. El sí es si, el no, es no. Cosas de un país serio.
Cuando la mentira es la verdad
Cuando el no es sí, ó es ni, el resultado nefasto es la pérdida de confianza promovida por la ambigüedad y la incertidumbre que esa ambigüedad genera.
Entonces aparece la falta de autenticidad, que nos conduce a pedir prestada una identidad que no es la nuestra, ó que no sentimos sea la nuestra.
Y en esa búsqueda de identidad, aparecen mentiras que con el tiempo las asumimos como una verdad, que sólo nosotros creemos y que son increíbles para un observador externo, especialmente, no chileno.
El doble standard es un clásico chileno. Historia de amantes eternos, doble vida, el culto a una fe que no es tal, la representatividad social como prioridad, son algunas de las consecuencias de no ser consecuentes con el respeto por el otro, por el sí, ó por el no.
Alguna vez estuvieron en el estacionamiento de un hipermercado un lunes a las 11 de la mañana ó a las 3 de la tarde en un mall ABC1? Si la respuesta es sí, les invito a analizar cuántas de esas personas están comprando en el híper y nos vamos a dar cuenta que son más los autos en el estacionamiento que en las personas comprando. En realidad, son mujeres (y hombres) buscando el refuerzo positivo en otros hombres y en otras mujeres, que le cuenten la verdad, porque es posible que vivan la mentira. Sucede en todas las culturas, pero en la nuestra lo hemos adaptado como casi una formalidad. El doble standard es casi legal. Si hasta la legislación con el instrumento de la anulación matrimonial, por ejemplo, fomenta la idea que la mentira es la verdad.
Ahora después nos rasgamos las vestiduras por la inmoralidad del condón, ó compartimos una reunión de padres en el colegio religioso alentando a que nuestros hijos sean un ejemplo de rectitud y respeto.
El respeto es ser sincero, con nuestras creencias, con nuestros afectos, con nuestras voluntades.
Y ser consecuentes, para ser previsibles, queribles y aceptados.
El cielo y el infierno
Ser querible y aceptado implica, primero reconocer el éxito del otro. Como todos sabemos, el éxito es efímero, porque se mendiga. En cambio la gloria se conquista. Pero es difícil ser glorioso.
Hablemos entonces del exitoso, de aquel que tiene la posibilidad de sobresalir.
Está muy bien sobresalir, en un mundo donde la mediocridad es lo normal, los que van más allá deben ser admirados.
Imaginen a los Estados Unidos sin reconocer a Bill Gates, a Andy Grove, a Kennedy, a André Agassi en otro extremo.
No le daría impulso a quienes modelan la sociedad.
Nuestro hambre de éxitos, y el ver que estos no llegan como quisiéramos, nos hacen pasar de la euforia a la desazón cientos de veces en períodos cortos.
Es como si el cielo y el infierno estuvieran comunicados por un simple y corto pasillo. “La roja es el mejor equipo del preolímpico” “que viva Juvenal Olmos”. “La roja no clasificó, es un desastre, somos pichangueros” “que muera Juvenal Olmos. Pobre Olmos.
Si hasta en los casos de éxito comprobado, hay que buscar una falla humana. Desde la sexualidad de Zamorano, hasta la cordura del Chino, ó la condena ideológica eterna a Neruda.
“Lagos está instalando el tema de la salud, pero no hace nada” Pobre Lagos. Pobres todos.
Esta sociedad dónde el éxito se mendiga, dura poco y se combate, no acepta que alguien diferente marque rumbos.”Algo raro habrá hecho para haber ganado”. En Chile, un perro verde es inaceptable. Y eso, con el tiempo se paga caro, porque el desarrollo viene de la mano de perros verdes.
Actitud país
Stephen Hawking dice: Somos escoria humana que vive en un planeta de dimensiones discretas, en un sistema que rodea a una estrella poco importante, en una galaxia pequeña respecto de miles de galaxias.
Es importante saber que somos. Porque como también dice el genio: “Los científicos son tan estúpidos que buscan respuesta acerca de cómo terminará el universo, cuando aún no han podido explicar su origen”.
Tenemos que vivir desde un punto de partida y entendernos, porque en realidad, nos somos lo que creemos que somos.
Nunca fuimos los tigres de Latinoamérica, tal vez porque los tigres asiáticos han perdido parte de su dentadura.
No somos un país desarrollado (Un 40% de la población vive por debajo del límite de la pobreza y es el país sudamericano de peor distribución del ingreso según el Banco Mundial).
Esto que nos viene sucediendo en los últimos años, de creernos mundanos por visitar Miami ó Punta Cana, de suponernos superiores a nuestros vecinos argentinos y brasileños sólo por una crisis política de 10 años, cuando la vida de los países se mide en siglos, es un mal punto de partida.
A punto tal, que así como hay nuevos ricos en todos los órdenes, ya hay quienes dicen que los chilenos son los nuevos argentinos, con ese aire de superioridad que el argentino puede llevar porque se cree el cuento en serio, en cambio nosotros lo estamos tomando prestado.
Le fue mal a los argentinos por esa soberbia europeizante antilatinoamericana, y nos irá mal a nosotros si suponemos que somos lo que no somos y quizá no podamos ser.
Ni tan argentinos, ni tan brasileños. Ni tampoco tan chilenos. Esa famosa y detestable frase “…a la chilena”, debemos cambiarla por otra que sea “…a lo que el mundo quiere”.
Ni tan chilenos, necesitamos la actitud para transformarnos en otros chilenos.
Prolijos, pero con pasión, negociadores, pero con la verdad, austeros, pero arriesgados para crecer.