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Chile, innovación y frustración. Los Lamentos del Muro

El discurso de la innovación, la creatividad y el avance tecnológico son moneda corriente en los países en vías de desarrollo, pero casualmente ese discurso tiene en verdad un freno producto de la realidad cultural, social, política y económica. Chile tiene ese discurso, acelerador de fantasías de aquellos que quieren recrear su creatividad, pero que muchas veces sufren la frustración de ver sus ideas hechas trizas contra un muro infranqueable.
Qué actitud tomar frente a las sensaciones encontradas de creatividad y rigidez? Es lo que trataremos de explicar en este artículo.

Los por qué de la innovación

El mundo de hoy es un rompecabezas, y quienes vivan en él deberán usar tijeras y pegamento para construir una solución a ese rompecabezas. 
Porque la solución no está al alcance de una sola disciplina, sino de una convergencia de conocimientos que, sumado a la creatividad, promueven la novedad permanente en la que vivimos, y en la que vamos a vivir por el resto de nuestros días.
Un mundo de innovación.
Un mundo de innovación, dónde la ciencia ficción es una ventaja y no una simple ilusión. Dónde cada vez es más difícil sorprender, ya que estamos acostumbrándonos a lo nuevo, que por cotidiano hasta parece rutina.
Acaso nos sorprende una nave en Marte? Acaso es tanta novedad la evolución de la biotecnología? Acaso es novedad algún desarrollo en miniaturización?
Es novedad, pero no sorpresa. Y cada vez será menor esa sorpresa porque las generaciones que vienen y que van a decidir nuestro futuro en los próximos 25 años, conviven con lo nuevo.
La clave será entonces generar proposiciones que creen valor en un mundo donde hay proposiciones de valor.
Ya nadie va a poder crear valor haciendo lo que hacen los demás, ni valiéndose de los mismos consultores que ofrezcan las mismas recetas, ni repitiendo soluciones pasadas.
Y en este escenario, aparece la figura del emprendedor innovador, aquel en el que deberíamos tener cifradas nuestras esperanzas de progreso, pero que muchas veces castigamos por suponerlo un “tipo raro”.
La esencia de ser emprendedor e innovador es ser raro, hacer y vivir a partir de la búsqueda de lo distinto, y de esa rareza aparece la innovación que produce valor.
Porque esa rareza es ruptura frente a los paradigmas que guían nuestra realidad. Y ese es el valor.
Todo bien, hasta aquí, pero como veremos, no es tan simple la vida del emprendedor innovador.


Otro ladrillo en la pared

Se acuerdan de The Wall, la memorable ópera rock de Pink Floyd? El concepto de la picadora de carne dónde los estudiantes eran commoditizados como salchichas, todas iguales, y dónde en realidad siempre nos enfrentábamos a un muro, y a quienes siempre colocaban otro ladrillo en ese muro.
La vida no es simple para aquellos que buscan transformar la realidad. Ni nunca lo fue.
Hace mil años, Europa quemaba vivos a los inventores y a aquellos que intentaban hacer que la sociedad en la que vivían se diera cuenta de lo que pasaba.
Más cerca en el tiempo, aunque sin tanta brutalidad, se quemaban ideas que podían resultar riesgosas para los poderosos.
O más cerca aún, las relaciones riesgo desempeño se transformaron en el principal obstáculo de quienes quisieron ir más allá en el desarrollo del conocimiento.
Un muro religioso, un muro político, un muro económico y hasta un muro social, como si la creatividad tuviese clase social. Absurdo.
Pero hay diferentes formas de ver el muro.
Quienes estamos cerca de la ciencia, aprobamos en muchos casos el método de validación científico, especialmente cuando se cuida que los desarrollos tengan el equilibrio necesario para no generar distorsiones profundamente conflictivas en la sociedad. 
Si bien ese método promueve restricciones lo respetamos porque aparece como un regulador en la vida del ser humano. La evolución de la genética, las técnicas de retraso hormonal, y otros desarrollos que conectan disciplinas y hasta permitirían al ser humano vivir el doble de tiempo (Sí, es cierto) deben manejarse con cuidado, respeto y equilibrio para evitar quiebres en la vida de la humanidad, como en ciertos momentos de la historia los hubo.
Pero quienes estamos cerca de los negocios, aunque vivimos y viviremos casi eternamente en una convergencia de biología, negocios, tecnología, no necesariamente utilizamos el método científico para evaluar la innovación.
Innovación que va más allá de los intereses de la humanidad, para ser intereses sectoriales y dónde aparecen otras circunstancias frustrantes.
Porque el método científico puede retrasar desarrollos comprobados, pero la negativa en otro sentido no sólo retrasa, sino que frustra y no permite a quién promueve la innovación, comprobar el resultado.

De la ilusión a la frustración

No solo los emprendedores individuales y solitarios son los innovadores, ya que también (y son los más) están presentes en las empresas y en organizaciones.
Los emprendedores individuales (Entrepreneurs) son los buscadores solitarios de oportunidades, y son los que se frustran frente a la imposibilidad de poder financiar sus ideas.
Más allá de las necesidades de progreso de Chile, país prolijo pero de escaso desarrollo de la innovación, el innovador chileno se encuentra frente a un muro cultural insalvable: Las diferencias sociales tradicionales que se trasladan a la vida económica.
“Lo nuevo puede esperar, tenemos lo que tenemos gracias a lo que hicimos” y a partir de allí, los nuevos desarrollos pasan una serie de “comprobaciones” que finalmente terminan en una evaluación de rentabilidad-riesgo que casi nunca da positivamente.
Pero si la innovación es riesgo!
El muro cultural de mantener lo que tenemos, cuando no tenemos tanto, es el error de los países subdesarrollados y en vías de serlo. Todo para ganar, nada para perder a nivel del colectivo social, pero prima lo individual.
Y allí, se coarta la innovación.
Y la frustración.

Entonces el innovador, creativo, con ruptura lógica, comienza a estudiar cómo calcular al tasa interna de retorno, el valor actual neto y se transforma en un hombre de finanzas más, medidor de todas las cosas, aún del amor.
Un nadie puede ver el fin desde el principio sin prueba y error, ni en el amor.
El innovador cambia su rol a administrador y pierde entonces su principal atributo: la libertad de crear. Se vuelve un hombre ordinario, común. Cuando era tan interesante ser raro….
Y se frustra.
Como se frustra el “intrapreneur”, aquel proactivo al cambio dentro de las empresas.
Aquel cuyas ideas chocan contra una “losa” superior infranqueable, tal vez un gerente tipo gliptodonte que lo único que busca es mantener su posición de privilegio coartando ideas de sus subordinados, cuándo en este mundo de diferentes, debería valerse de sus colaboradores como aliados, no como subordinados.
Esto es tan así, que es común la frustración desde los comienzos.
Si ustedes tienen la paciencia de leer avisos de búsqueda de jóvenes profesionales, verán las características del personaje a buscar: “Joven profesional, con 2 idiomas, 3 postgrados, buena posición social, con empuje, creatividad, innovación”.
Y una vez encontrado, este joven portentoso, ingresa a la empresa en cuestión.
Paso uno, recibe un instructivo de lo que tiene que hacer y no hacer, limitando su accionar. 
Inmediatamente, un compañero de oficina le dice: “No hagas nada distinto a lo que nuestro jefe dice, a él le molesta”.
Regresa a su casa y su madre ilusionada, ó su esposa joven ó su polola le incriminan: “no te hagas el diferente, tienes que hacer lo que hacen todos, para conservar tu trabajo”.
Adiós proactividad, otra frustración..


Perros verdes

Es común entre los españoles decir que alguien distinto es un “perro verde”, claro, no conocemos perros de ese color en la realidad.
Pero por suerte, entre los humanos hay.
Producto de la insatisfacción por frustración, aparecen los perros verdes, revolucionarios que buscan la transformación en otro lugar.
Así surge el Sillicon Valley, algo como un campo de refugiados creativos, innovadores, provocadores, revolucionarios que abandonaron la comodidad de sus cargos en importantes compañías que ya no los escuchaban, para dar rienda suelta a sus “locos” proyectos, que terminan en éxito ó fracaso, pero se hacen realidad.

Deberíamos crear un campo de refugiados innovadores en esta parte del mundo que tanto lo necesita.
Deberíamos ser más solidarios frente a la novedad, y dar más plazo y crédito (credibilidad) al innovador evitando esos cálculos que todo lo anulan.
Porque desde nuestra cultura anulamos el éxito. Y siendo muy cuidadosos del riesgo, anulamos nuestro desarrollo como país.
Tan cuidadosos, que nos olvidamos de aprovechar la diversidad genética que hoy tenemos.
Porque en las empresas conviven generaciones, porque en la sociedad conviven diferentes visiones, diferentes estilos, y por ende, diferentes propuestas.
Esa diversidad genética, la misma que le permitió a Bill Gates comprender que debía entrar al negocio de internet después de dos años (Por eso Bill grita a los cuatro vientos que él siempre está a dos años del fracaso) ó esa diversidad genética que no supo aprovechar el responsable de la empresa discográfica que en 1962 recibió a cuatro “locos” con un vinilo que decía “Love me do” y les dijo que el mundo era Jazz y era Elvis, entonces que eso no iba a andar. Y esos cuatro eran The Beatles.

Diversidad genética para aprovechar el potencial interno en las empresas, y para aprovechar la capacidad de ruptura de quienes van más allá de lo tradicional.
La frustración promueve emigración. Y en innovación, eso es fuga de cerebros. Y los necesitamos, para trabajar en la conectividad, más que en el cobre, para desarrollar el lujo, antes que el vino.
Para consolidar el sueño de un país en camino al desarrollo, de verdad.
Derribar el muro, para no lamentar el futuro.

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